Audición de diciembre

Tchaikovsky “La inspiración es una invitada que no visita de buena gana a los perezosos.”

EL CASCANUECES

Érase una vez, en una noche mágica de Navidad, una niña llamada Clara que celebraba una gran fiesta en su casa junto a su familia. El árbol brillaba con luces de colores y todo estaba lleno de risas y alegría.

Entre los invitados llegó su padrino Drosselmeyer, que traía regalos muy especiales. A Clara le dio uno que le encantó: un cascanueces con forma de soldado, con uniforme brillante y una gran sonrisa. Clara lo abrazó con mucho cariño y no quería separarse de él.

Pero su hermano, que era un poco travieso, quiso jugar también con el cascanueces… y sin querer, ¡lo rompió! Clara se puso muy triste al ver que su regalo favorito estaba estropeado. Por suerte, su padrino lo arregló con cuidado y le dijo que lo tratara con mucho cariño.

Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, Clara no podía dejar de pensar en su cascanueces. Bajó en silencio al salón para verlo… y entonces ocurrió algo increíble.

El reloj marcó la medianoche y, de pronto, el árbol de Navidad empezó a crecer y crecer. Los juguetes cobraron vida, y el cascanueces se transformó en un valiente soldado que dirigía un ejército de figuritas.

De repente, aparecieron unos ratones liderados por el temible Rey de los Ratones. Comenzó una gran batalla. Clara observaba con emoción y un poco de miedo, pero cuando vio que su cascanueces estaba en peligro, reunió valor y lo ayudó.

Gracias a ella, el cascanueces venció al Rey de los Ratones. Entonces, algo maravilloso sucedió: el soldado se transformó en un príncipe. Sonrió a Clara y le dio las gracias por su ayuda.

El príncipe invitó a Clara a viajar a lugares mágicos. Juntos atravesaron un bosque cubierto de nieve brillante hasta llegar a un reino fantástico donde todo parecía hecho de dulces.

Allí fueron recibidos con una gran fiesta. Personajes de lugares lejanos bailaban y celebraban la valentía de Clara. Todo era alegría, música y colores.

Clara estaba feliz. Era el lugar más bonito que había visto jamás.

Al final de la noche, el príncipe acompañó a Clara de vuelta a casa. Poco a poco, todo volvió a la normalidad: el árbol dejó de crecer y los juguetes quedaron quietos.

A la mañana siguiente, Clara despertó en su cama. Corrió al salón y vio su cascanueces, tranquilo y en su sitio. Ya no estaba roto… pero ahora era aún más especial.

Clara sonrió, porque en su corazón sabía que aquella aventura había sido real.

Vídeo: «Danza rusa» Maria José Sánchez Parra

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